miércoles, 16 de diciembre de 2015

SIN SABER APRENDÍ - Parte II

Después de una larga jornada laboral me siento súper agotado. Exposiciones  y exámenes me han dejado un fuerte dolor de cabeza.

Estos días he estado muy inquieto. El espejo no miente, me veo en él y no sé lo que me pasa. Me siento confundido. Estoy sintiendo cosas extrañas en mi cuerpo, deseos, pensamientos vanos y llenos de melancolía; ¿Serán ideas mías? ¿Me hago víctima o realmente soy muy diferente a los demás? Todo esto me hace ser una persona desigual a la que siempre he sido. –Tengo miedo –mucho miedo a quedarme dormido en cualquier momento y vivir la pesadilla más horrible que pueda imaginar.

 – ¿Alessandro donde estas? –es mi madre quien me busca desesperada.

–Estoy aquí, en el jardín –respondo reprimido y cabizbajo.

– ¿Qué haces ahí? ¡Entra de inmediato por favor! Ya es muy tarde –con un tono casi de regaño. –Alzo la mirada y observo el cielo nocturno.

Solo, en mi rincón favorito donde solía jugar cuando era niño. Aun recuerdo como fue cada uno de esos días, muy felices y otras en cambio tan desgarradores y fríos como las noches de invierno.

– ¿por qué no pasas a tu recamara? –mi madre ha llegado hasta mi lugar.  Coloca una mano sobre mi hombro.

Mis recuerdos son tan escalofriantes –la veo a los ojos, la melancolía es inmensa y siento como mi cuerpo empieza a temblar. Mis lagrimas brotan acariciando mis mejías.

– ¿Qué tienes hijo? Ven. Cuéntame –me estrecha entre sus brazos y siento su calor. – ella, ella es mi madre, una mujer tan abnegada tratando de entender mi situación. 

–No llores hijo, cualquiera que sea el motivo quiero que sepas que siempre estaré a tu lado. 

–sus ojos llenos de lagrimas me permiten contemplar por primera vez, como la mujer que me dio la vida sufre al ver mi escenario. 

– ¡Te amo mamita!  –suspiro muy profundo.

–Un día  no muy lejano sabrás el verdadero motivo de mis lágrimas. Solo te pido que por favor no me abandones cuando eso pase.

Ahí, bajo la luz de la luna y las estrellas, mientras recuerdo mi dolorosa niñez, mi madre  me da un fuerte abrazo. Un abrazo como si pareciera que nunca jamás volveríamos a estar juntos; El  canto de las lechuzas y el sonar de los grillos hacen que esta noche sea única, especial y muy incierta.

– ¡ven! vamos a dormir –tratando de controlar el llanto limpia su frágil y delicado rostro con la palma de su mano.
Abrazados avanzamos hacia la puerta de cristal transparente, parece una ventana enorme. 

–Nos miramos fijamente y sonreímos de una manera muy fina. –cada sonrisa de mi madre es una caricia para mi alma.

Se escucha el sonido del seguro al cerrar los portones. Nos damos las buenas noches con la esperanza de volver a ver el resplandor de un nuevo amanecer.

La luna sonriente por la ventana y mi rostro acariciado por la suave textura de su iluminación, la frágil claridad apenas traspasan las gruesas cortinas de mi habitación. Contempla mis sueños durante esta noche de oscuridad.







– ¡Hijo buenos días, tienes que levantarte, ya  es muy tarde!,  recuerda que iremos de compras –las palabras de mi madre muy temprano por la mañana mientras recorre las cortinas de mi habitación.

–Ya voy mamá –me estiro y pongo una cara de flojera –solo cinco minutos más –frunzo la cara y me arrullo nuevamente.

–Está bien –responde mientras me acaricia la mejilla y un beso en la frente me da.
En un abrir y cerrar de ojos ya dieron las 11 de la mañana. Como un niño salto sobre la cama, tomo una toalla, es hora de una rica ducha y prepararme para ir de compras con mi adorada mamá.

Mi madre como siempre tan atenta –con una voz  llena de dulzura – ¡hijo! te dejo la ropa en la cama, planche una de tus camisas favoritas…

Al salir del baño lo que veo es algo sorprendente.

¡Mi  ropa preferida! unos  jeans muy ajustados, de esos que te hacen ver  muy elegante, una camisa azul de rallas, y unos súper tenis de moda juvenil. Siempre me ha gustado resaltar mi personalidad  y  si para ello tengo que gastar unos dólares de más, no hay problema. Todo en esta corta vida vale la pena y no hay razón alguna para quedarse con las ganas.

Muy aprisa salgo de mi cuarto y me dirijo a la inmensa sala de la casa. Al ver que mi madre aún no ha bajado me recuesto sobre el sillón de piel color chocolate. Cierro los ojos y empiezo a creer que este día será maravilloso.

– ¡Estoy  súper lista! –me  susurra mi madre al oído mientras me pone una mano en el hombro izquierdo.

¡Wow! Mi madre una vez más se ha puesto el vestido color violeta que mi prima Alexia  le trajo de parís. El vestido la hace ver con una cintura  espectacular, su cabello le da un brillo singular. Una coleta de caballo le da el toque final. Una mujer tan elegante que se caracteriza por el cuerpo tan definido y una altura maravillosa.  Uno setenta para ser exacto. Es obvio que de tanta belleza yo tendría que salir súper guapo, y ni que se diga de mi padre, un hombre muy varonil de cuarenta y dos años, siempre luciendo una barba de candado que lo hace único, aunque para su físico luce como de unos treinta. Además, tiene un cuerpo súper enfático y muy marcado, pues el gimnasio es su pasatiempo favorito, y sobre todo, siempre viste a la moda.

– ¡Estas guapísima  mamá! –alago muy sorprendido mientras me pongo de pie.

–Luces espectacular, el vestido te queda perfecto –afirmo nuevamente –sonríe.

–No seas bromista. Despídete que ya tenemos que irnos, se nos hace tarde –responde con una voz nerviosa y la cara sonrojada.

Justamente a unos cuantos metros de las escaleras principales  mi padre no le quita la mirada de encima, hasta parece que se la quiere comer a besos en este instante.

Con una voz muy fuerte mi hermana grita desde su habitación. – ¡Si  ya se van! ¡Me traen unos chocolates  sin azúcar por favor! A su corta edad, Chantal, mi hermana menor se la pasa estudiando la mayor parte del tiempo en su recamara, uno de sus más grandes sueños es llegar a ser la mejor arquitecta.

–Esta  vez nos iremos en la camioneta gris. –Mi madre es muy inteligente y sabe consentirme. La camioneta gris es mi favorita.

¡Yes!

– ¡Mamá! ¿Qué te parece si yo manejo?

– No, no, no y no muchachito.

 –Pero mamá... –me observa.

– ¡Dije no!, aun estoy muy joven como para que me lleves a morir –como dos locos nos echamos a reír.

Mi padre aun la observa con una sonrisa retorcida mientras se acerca discretamente.
–Amor, nos vemos más tarde –sin responder mi madre lo toma del cuello y le da un intenso beso de placer. Avanzo a la puerta y mis padres aun continúan. Demuestran su  amor a cada momento.

–Mamá –interrumpo. Se susurran y se aleja con un gesto muy coqueto. Mi padre solo muerde su labio inferir hasta no verla más.

Camino al centro comercial el tráfico es abrumador, pareciera que estamos en un la capital de Tokio donde apenas y se avanzan unos cuantos metros en las horas pico.
El trayecto ha sido largo y muy fastidioso, pero por fin  hemos llegado. La plaza tan concurrida por personas de sociedad, de esas donde las mujeres lucen vestidos espectaculares  y bolsas de las más prestigiadas marcas comerciales. Una sociedad en la cual, muy en el fondo de mi corazón tengo la idea de que no sirve para nada. Es una maldita farsa. No es justo. Es una ironía tener todo el dinero del mundo y no poder ser feliz. Una sociedad que esconde los verdaderos sentimientos bajo la máscara de un simple billete. Nacer en cuna de oro, a nadie, absolutamente a nadie nos garantiza felicidad total.
Tengo sentimientos encontrados, tristezas, decepciones y sobre todo un pasado. Un pasado que no quiero recordar pero la situación que veo me hace daño. Hoy venimos a divertirnos, y eso es lo único que haremos. Pasarla bien.

En la enorme plaza mi madre y yo nos estamos entreteniendo  a lo grande, hemos dejado las compras para otro dia y decidimos entrar al cine. Es una de esas películas de autosuperación y vivencias reales donde los personajes nos cuentan a detalle cada una de las experiencias que han pasado en compañía, muchas veces de sus seres queridos. Una trama tan impresionante que me han sacado una que otra lágrima. Siempre he sido muy sentimental en relación a la familia. Es lo más preciado para mí y siempre procuro respetarla; sobre todo amarla porque es quien me ha forjado.  Son ellos los únicos que me ayudaran hacer una persona de bien y  lograr mis objetivos, para emprender mi propio viaje de vida.

Dos horas de suspenso y  adrenalina han bastado para que todos los espectadores quedemos satisfechos por los diez dólares que hemos pagado por el boleto.
Pocas veces salgo a solas con mi madre. En la mayoría de los casos siempre salimos toda la familia. Hoy es una de esas ocasiones especiales, donde deja a un lado el plan de madre protectora para convertirse en una gran mujer, una amiga, una persona más que se une al diminuto grupo que da consejos al prójimo, y enseña lo fácil y difícil que es la vida para muchos.

Nuestro día en la plaza comercial termina con una riquísima nieve. Es lo que amerita esta excelente ocasión. 

–  ¡Alessandro! ¿De qué sabor quieres tu nieve?

–Vainilla por favor

–Entonces que sean dos de vainilla señor –parecemos  dos adolescentes  jugando con las nieves en el inmenso vaivén de las personas realizando sus compras.

– ¡Dios! Casi olvido que hoy tenemos que ir  al albergue “una caricia humana” –interrumpe mi madre con una voz fuerte y el rostro sorprendido.
El albergue está ubicado en un pequeño pueblo alejado, a unos  200 kilómetros de la ciudad. Mi madre siempre se ha mantenido al margen y les ha brinda apoyo como todos los años. Esta fundación se encarga de proveer alimentos y cobijo a niños de escasos recursos y personas de la tercera edad, abandonadas en las calles en situaciones vulnerables. Iremos a llevar un cheque que les tiene considerado como un detallito, ya que hoy están celebrando nueve años desde su creación.
Con un estilo muy peculiar al tomar el volante, mi madre da el llavazo con mucha seguridad y salimos muy a prisa. Camino al pueblo ella conduce a unos 120 kilómetros por hora, siento como la adrenalina de las curvas y la ventisca del fresco atardecer rosa mi piel. Los árboles floreciendo y las aves cantando más allá de las primeras ramas, anuncian el último rayo de sol. La música de fondo que traemos es tan triste que solo tengo ganas de perder la mirada tras el horizonte. Se respira paz y tranquilidad infinita. Quizá es por el hecho de que vamos a visitar a personas muy humildes.

Mi mamá siempre nos ha comentado que cuando era muy pequeña, también vivía en un pequeño pueblo muy alejado de la ciudad. Todos sus habitantes eran bondadosos y reinaba la algarabía e inocentes sonrisas de pequeños niños por las calles. Cada uno de ellos, tan solo vestía short y camisetas muy ralas de tantas lavadas que ya les habían dado. Ahí no se conocían sandalias de piel y mucho menos los zapatos de marca. La mayoría de los niños siempre andaban descalzos, caminando bajo los intensos rayos del sol, recolectando ramas para poder encender la fogata, que por las noches les brindaría calor para poder ahuyentar la crueldad del arrollador frío, y la única manera de tener acceso era caminado durante dos días por las faldas del volcán.

Sus historias de vida siempre me han encantado, cada vez que me las platica término con una que otra lágrima en los ojos. Imagino a chavos de mi edad tener que trabajar de sol a sol para poder llevar a casa tan solo unos pesos, que estoy seguro apenas les alcanzaban para frijoles y tortillas.

–  ¡ya  casi llegamos! –cortándome total inspiración mi madre me dice con una voz llena de emoción –muevo la cabeza a la izquierda y puedo observar una enorme construcción en la cima de un cerro.

– ¿Ves la casa que está en la cima? esa es la iglesia del pueblo – me indica apuntando con el dedo.
Ahora creo que si hemos llegado, después de una hora y media de viaje por fin puedo escuchar los abucheos de felicidad.
Mi madre me observa con un gesto de prosperidad.

– Aquí en la entrada se encuentra la fundación que apadrino, ya desde hace nueve años consecutivos.

– ¡Qué bien! por fin tendré la dicha de conocerla.
Todos los habitantes alegres la reciben con aplausos y frases emotivas

–Bienvenida señora Lisa –desde el principio hasta el final todos la saludan. Sin duda alguna no conocía este lado de fama que mi mamá había generado. Bajamos  muy despacio y con mucho cuidado, tratando de no lastimar a nadie de nuestro alrededor. ¡Todos la quieren saludar de manera muy personal!
Hasta nosotros llega un señor muy educado que la saluda de la manera más cordial. Le toma el bolso y se dirigen con ella hacia el pódium donde Ahora le están haciendo su presentación. Ella da un pequeño discurso en motivo de la conmemoración…
Las horas han pasado volando…

– ¡Alessandro! tenemos que irnos. Ya es tardísimo –nos despedimos de todos y emprendemos una vez más el largo camino a casa. El mismo, pero ahora con la tinieblas de la oscuridad, como lo fácil y difícil que en la vida tenemos que afrontar.
Hoy ha sido un dia muy especial. Apenas estamos llegando a casa, el reloj casi marca la medianoche y todos están dormidos.

–Despacio sin hacer ruido por favor – susurra mi madre mientras abrimos la puerta. Nos damos las buenas noches y cada quien sube a su habitación.


En mi cama, con las luces apagadas empiezo a meditar la película que disfrutamos esta mañana. Me ha dejado una lección de vida muy especial, sobre todo el ir a visitar a los niños del albergue me ha resultado mucho mejor, es una dicha de compartir experiencias con todos ellos, pues a pesar de no tener los medios para sobresalir siempre están luchando todos los días sin perder la esperanza de cumplir sus sueños. Un sueño muy curioso;  sobre todo, que no se valúa en cuestiones económicas. Es algo muy simple. Tener una familia. Compartir con ellos grandes momentos, momentos que nunca en su vida han podido sentir. Los más grandes tienen la meta de terminar sus estudios y más adelante formar su propia familia, forjar valores y principios y de esta manera poder dar todo el amor que ellos nunca recibieron.

SIN SABER APRENDÍ - Primera parte



– ¡Apúrate Mariana! –una voz gruñona y perversa apresuran a la humilde mujer…

– ¡No sirves para nada! ¡Eres una estúpida! –Juan se levanta de mesa, la toma de los cabellos y la empieza a golpear salvajemente.

– ¡Yaa por favoor! ¡No me lastimees! ¡Déjaameeee! –con lagrimas en los ojos las suplicas y gritos de dolor son inevitables, moribunda de numerosos golpes Intenta pararse pero es imposible, sus fuerzas no dan para más.

La comida servida sobre la mesa ahora tiñe su vestimenta. Tiene el rostro desfigurado. Una lagrima de sangre recorre su mejía. Una escena escalofriante observada por sus dos pequeños hijos... 


La ventisca es fuerte, anuncia la tarde y el sol está por ocultarse…